Me enseñó a jugar baccarat en una suite privada con luz bajita,
de esas que cuestan más que mi renta,
con vista al Strip que hacía que la ciudad se viera chiquita,
como si hasta el cielo quisiera vernos arder.
Sirvió bourbon en un vaso que parecía de cristal y quizá sí lo era,
se sentó frente a mí con la soltura de un hombre
que había vivido décadas bien fajado,
pero que recientemente había aprendido a respirar sin pedir perdón,
casi.

Su voz salió lenta,
profunda, como terciopelo arrastrado por grava,
y cuando se inclinó sobre la mesa para mostrarme cómo el banquero le gana al jugador,
su mano rozó la mía,
con intención,
como si ya hubiera apostado su alma y sólo quería ver si yo lo notaba.
Llevaba el dinero como un aroma.
Se le pegaba al cuello, a los nudillos, al reloj.
Pero no importaba,
yo no estaba ahí para que me compraran.

Yo estaba ahí porque podía ver esa parte de él
que se había escondido por años en salas de juntas y matrimonios,
y detrás de fotos con mujeres que nunca besó de verdad.
Podía oler el dolor detrás del perfume caro.
Podía saborear la soledad bajo su fachada de seguridad.
Y Dios mío, él también me vio.
No solo por cómo me veía con esa camisa,
la cadena descansando sobre mi pecho como un reto,
sino cómo lo miraba,
cómo lo entendía sin exigirle su historial completo.

Le daba miedo.
Y eso lo calentaba.
Y eso lo volvía imprudente.
Y eso hizo que las siguientes horas se sintieran sagradas.
Me cogió como si nunca le hubieran permitido desear algo de verdad.
No como sus exes,
no como las escorts que contrató en sus viajes de negocios.
Me cogió como si yo hubiera desbloqueado algo que llevaba enterrado
debajo de su columna por veinte años.

No fue rudo en el estilo torpe que usan muchos hombres.
Fue urgente, como cuando una represa se rompe.
Sus dedos apretaban como rezos.
Su boca sabía a confesión.
Me besó con duda, como si no supiera si podía disfrutarlo,
y luego me mordió el labio como si ya le valiera madre.
Nos movimos como si el pecado y la redención se turnaran el ritmo.
Su cuerpo preguntaba,
“¿Me ves?”
Y el mío contestaba,
Iba esperando esto. 😏
No quería venirse.
No porque no pudiera,
sino porque sabía que algo iba a cambiar en el instante que lo hiciera.

Y yo lo dejé quedarse ahí,
al borde,
gimiendo en mi cuello como si al fin hubiera regresado a casa dentro de sí mismo.
Cuando terminamos,
caminó desnudo hasta el balcón,
encendió un cigarro con las manos temblorosas,
y no dijo ni una palabra por cinco minutos enteros.
Yo me envolví en una manta que probablemente costaba mil dólares
y me quedé en la puerta, viendo cómo respiraba su silueta.

Eventualmente se giró y me dijo,
“Eres peligroso.”
Sonreí,
lento,
con ese cansancio rico que te deja satisfecho,
y le dije,
“No, amor… soy real.” (La bondad es una lucha radical)
Pude haberme quedado esa noche.
Pude haberle hecho desayuno, actuar como si no hubiera sido cósmico.
Pero no lo hice.
Porque lo fue.
Me fui mientras se bañaba,
no me llevé nada, ni un adiós,
pero sí le dejé algo,
a propósito.
Mi ficha roja de Baccarat.
Esa que me guardé en el bolsillo después de aprender el juego,
después de que me susurrara las reglas entre jadeos.
La dejé sobre su almohada.

Y sé que la vio.
Porque dos días después,
apareció en mi caja de propinas en el trabajo,
con una nota debajo que decía simplemente:
“La próxima vez, quiero perder.”
—
♠️ FIN ♠️
(O tal vez apenas sea el comienzo, si algún día madura de una pinche vez. Hay mucho más en esta historia...)
🍒🎰🧃🌈🫦🎲🫦🌈🧃🎰🍒
Déjame tantito amor si lo sentiste.
👇

