No soy duende navideño, soy un inadaptado de diciembre,
oigo “ya huele a Navidad” y toda mi cara hace cringe severo.
El Strip sacude glitter como queriendo coger,
Downtown suena a cascabeles y a resaca nivel desfile.
Es quince de diciembre, el aire sabe a ron.
a turistas que juran ser “low key” y llegan desatados,
en pijamas combinadas, planeando como militares,
pero sin rumbo, sin modales, sin puta madre.
Yo ya salí de turno, gracias a Dios, pants y sofá,
mi celular en No molestar, déjenme pudrir en paz.
Prendo una vela triste tipo “miren, sigo vivo”,
y el universo, puntual, dice: “Perra, algo viene activo”.

Primero el clima se pone raro, Vegas emocional,
lluvia en las ventanas, Elvis falso con hoodie fatal.
Luego lo oigo: un golpe, un arrastre, un tambaleo,
como borracho peleando con un carrito del Soriana feo.

Algo cae en mi patio, pesado, escandaloso,
y lo juro por esta vela: no salgo ni curioso.
Espío entre las persianas, chismoso como gato,
veo terciopelo rojo… y luego veo eso.
Santa.
Santa real. 🎅

No el Santa del mall que huele a Marlboro y menta,
este es Santa clásico, con brillo que no miente:
barba blanca, botas grandes, costal y una vibra
que grita: “Soy Santa después de medianoche, respira”.
Está encorvado como crupier que perdió contra una silla,
sacudiéndose glitter de zonas que ni sabía.
Su abrigo trae un sello atrás que dice NO RE-ENTRY (NO REINGRESO),
y su cara dice: “Sí, cariño, me quisieron sacar a empujones, obviously”.

Abro la puerta porque soy curioso, no inteligente.
Mira mis lentes, luego mis ojos, bien de frente,
y dice: “Oye… ¿tienes agua? ¿Y weed? ¿O coca?”
Le digo: “Esto es un patio, no una peda, idiota”.
Se ríe como tragamonedas ahogándose en monedas.
“Chavo, me sacaron. Pasa. No es tragedia”.
Yo: “¿A Santa lo sacan?”
Y me dice: “Esta noche sí. Chingada madre.”

Entra como si pagara renta, como si fuera su casa,
y yo viendo un mito invadiendo mi sala.
Suelta el costal con un suspiro casi divino
y dice: “Vegas es distinto. Vegas te pone a prueba, divino”.
“Vegas,” dice, “tiene fetiche con la lista de los malos.”
Yo: “Same.”
Él: “No, hablo en serio. Infernal, cabrón.”

Me cuenta todo como rutina de stand-up, como set pulido.
Que fue al Strip por un “reset rapidito”,
quería descanso del HR del Polo Norte,
de elfos quejándose y renos con PR deficiente.
“Comet metió papeleo de despido. Cupid es un caos.
Blitzen va a terapia. Dasher no se quiere vestir, by the way.
Mrs. Claus está en TikTok, triunfando, buenísima,
y yo acá pensando: verga, soy una marca, soy muchísimo.”
Asiento tipo: sí, Santa, te entiendo.
Luego se inclina y dice: “Además, Rudolph es bien pinche ardido.”
Dice que entró a un casino con bares de película,
pidió cuarto gratis y puros, bien diva fantástica,
le dijo “cariño” al host con sonrisa peligrosa,
y se metió a high limit como: “Mira este truco, hermosa”.

“Me siento en blackjack, ando loquísimo,” dice,
“el de al lado se mete confianza como cocaína en la nariz.
Trae un perfume que despinta acero,
y no deja de decirle a la dealer cómo debería repartir, el perro.”
Santa dice: “Y le dije: ‘Relájate, hijo de tu puta madre’.
La mesa quedó muda, como vinilo rayado fatal.
Yo: “Santa, no puedes decir eso.”
Él: “Claro que sí. Soy Santa. Hechos, no opinión.” (La bondad es una lucha radical)

Dice que seguridad llegó en chinga,
como si olieran el drama antes de que pasara.
Lo sacaron todavía con su chocolate caliente,
la barba intacta, glam loco, brillante.
“Y mientras me escoltaban,” dice Santa,
“el host me dice: ‘Señor, no puede hablarle así a otros huéspedes’.
Y yo: ‘Pues dile a tus huéspedes que no se comporten como buffet de privilegio’.
Me banearon por ‘el tono’.”
Santa me mira y susurra:
“Vegas odia el tono.”

Me río tan fuerte que casi tiro el agua.
Él camina por mi sala como hija de leyenda,
diva santa,
como si la Navidad se hubiera quedado sin gratitud
y ahora anduviera en botas y actitud.
Dice: “No estoy aquí para ser culero, estoy aquí para ser real.
Hay diferencia entre travieso y cruel.”
Y yo pensando: ok, verga, Santa con límites,
Santa con ética, Santa premium, pieza rara.

Dice que la lista de los malos no va de sexo, no realmente,
va de las pequeñas formas en que la gente se olvida de ser gente,
de cómo olvidan que otros humanos existen,
de cómo la bondad se vuelve humo, se disuelve, se extingue.
Luego señala mi sillón y dice: “¿Puedo caer aquí?”
Yo: “Señor, usted irrumpió en mi casa, así sin pedir.”
Él: “No irrumpí. Llegué dramáticamente.”
Yo: “Eso sigue siendo irrupción, matemáticamente.”

Le doy una cobija porque soy blando, no muerto.
Se deja caer como rey en cama sin cuento.
Se quita las botas, demasiado contento,
y mi casa ahora huele a ron de menta derramado y a evento.
Empieza a hurgar en su costal como bolsa maldita,
yo mitad aterrado, mitad entretenido, realista.
Saca un regalo envuelto en foil rojo brillante
y dice: “Esto es para ti. No seas desleal, amante.”

Yo: “Santa, no hice nada.”
Él: “Exacto. Hay que premiar no cagarla. Esa es la jugada.”
Lo abro y no es dinero ni joyas caras,
es una tarjetita con reglas claras:
TÓMATE TUS DESCANSOS.
TOMA AGUA.
NO PIDAS PERDÓN POR DESCANSAR.
SI UN HOMBRE DICE ‘REPARTE MÁS DESPACIO’,‘ RESPONDE ‘‘DEJA MÁS PROPINA, PENDEJO’.
Yo: “Esto es… extrañamente sexy.”
Santa: “Lo sé. Soy demasiado.”

Luego se queda callado, la lluvia arrecia,
como si el cielo tuviera emociones y eligiera violencia completa.
Santa mira mi techo como si oyera respirar,
y mi cuerpo dice: no, otra vez no, por favor, ya basta.
Dice: “¿Has notado cómo los edificios escuchan?”
Yo: “Señor, ya vivo en prisión espiritual.”
Se ríe y señala mi lámpara, chiquita,
y dice: “No es un candelabro, pero quiere serlo. Está intentando. Déjalo.”
Yo: “No vamos a viajar en el tiempo hoy.”
(🔗 Halloween del ’77: La Noche en que el Candelabro del Casino Me Tragó y la Mafia Me Puso en Repetición – abre en nueva pestaña)
Santa: “Relájate, gabro. Ya salí de turno. No voy a hacer horas extra en tu vida.”

Se hunde más en el sillón como dios cansado.
Dice: “Vegas hace santos de quien sigue la farsa sin chistar.
Y hace monstruos de quien no.”
Yo ahí: sí, no estás equivocado, ni tantito.
Dice: “Así que aquí va mi nueva regla, pon atención:
lo travieso no es lo que haces, es lo que permites.”
Apunta al aire con dedo invisible,
predicándole al humo y al neón miserable.

“Travieso,” dice,
“es abandonarte para que extraños estén cómodos.
Travieso es callar cuando el estómago grita.
Travieso es trabajar hasta sentirte roto.”
Luego sonríe, sonrisa basura Vegas pura,
y dice: “Ah, y también es travieso el tequila y el efectivo.”
Yo: “Ok, ahí está el Santa que conozco.”
Él: “Gracias, perra. Contengo multitudes, sorpresa.”

La mañana entra como susurro con zapatos.
Santa ronca como oso con blues navideños baratos.
La lluvia baja, la ciudad se ve lavada,
como si el Strip se bautizara y pecara en chinga, encantada.
Mi celular prende con mil mensajes:
“¿Brunch?” “¿Sigues vivo?” “¿Qué sigue?”
Veo a Santa dormido en mi sillón
y pienso: esto es lo más raro que he hospedado, sin discusión.

Despierta, se estira, me mira como viejo amigo,
y dice: “Bueno. Tengo que arreglar mis cagadas con perdón digno.”
Se pone el abrigo, ajusta la barba,
y se detiene como recordando algo que le cala.
Dice: “Una cosa más.”
Yo: “¿Qué?”
Él: “Si preguntan, no estuve aquí.”
Yo: “Santa, tus botas dejaron un rastro de glitter y descaro.”
Él: “Exacto. Negación plausible.”
Sale al balcón, la lluvia cae suave,
voltea, me mira, levanta el puño elegante.
Dice: “Pórtate bien.”
Guiña el ojo: “O mínimo, no seas malo.”
Y se va, como rumor, como hit, como testigo.

Me quedo quieto un segundo, confesión silenciosa,
y luego me río, porque qué chingados es esta vida loca,
este oficio, esta ciudad, esta supervivencia extraña,
esta religión de glitter, este revival nocturno que no engaña.
Y si me preguntas qué aprendí del Naughty Santa,
te lo digo sin vueltas, como mantra:
A veces lo más rebelde que puedes hacer
es descansar sin culpa y seguir siendo tú, fiel.
A veces lo más travieso es decir “no”
y dejar que el mundo haga su pinche show.
Y a veces, un 15 de diciembreth, bajo lluvia Vegas cruel,
a Santa lo banean por decir la verdad sobre fieltro y papel.
Si eso no te suena a profecía, amor, debería,
porque esta ciudad es sermón
y yo soy el coro, en plena herejía.
porque esta ciudad es un sermón, y yo soy el coro con capucha.
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